Everest (2015)

Como amante de la montaña y de las aventuras que me considero, el frío que me pudiera ocasionar ver este trabajo de tanta altura y en condiciones más bien poco cómodas, no hacía que me detuviera para pensar en mi propia aclimatación mental, sabiendo, como digo, a lo que me sometía. Eran más las ganas de disfrutar viendo sufrir, de sentir la libertad que los personajes pudieran llegar a alcanzar en la cima más alta del mundo, y del agotamiento de un triunfo, o quien sabe, si de una derrota, que todo lo dejaba atrás. Más, cuando está inspirada en los acontecimientos que tuvieron lugar en 1996, en la que dos expediciones se enfrentaron a una de las peores tormentas de nieve que jamás se haya conocido en ese lugar (El Everest).

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Os sitúo. Jon Krakauer partió hacia el Himalaya en 1996 para escribir un reportaje sobre la creciente explotación comercial del Everest. Su intención era analizar los motivos de por qué tanta gente estaba dispuesta a exponerse a riesgos antes reservados a alpinistas profesionales. Tras coronar la cima más alta del planeta, Krakauer comenzó el peligroso descenso… El resto, es una historia escrita en un libro llamado “Mar de altura” por Jon Krakauer.

La película de Baltasar Kormákur, Contraband (2012), Inhale (2010) o Verdades ocultas (2005), arranca bien o medio bien, porque el desarrollo en tres localizaciones diferentes consigue lo que no debería, estar frío a lo que ves –y no precisamente por la climatología en negativo-. El elenco de actores: Jason Clarke (El amanecer del planeta de los simios, Asalto al poder, El gran Gatsby), Jake Gyllenhaal (Prisioneros, Sin tregua, Amor y otras drogas), Vanessa Kirby (Una cuestión de tiempo, Laberinto, Grandes Esperanzas) y John Hawkes (Las sesiones, Lincoln, Contagio), es bastante interesante, pero veremos más adelante, que tanto estos, como los que se suman, sobran a cada metro -o segundo- consumido. Sus dos horas de metraje, mal contadas, mal estructuradas y mal llevadas, pueden causar sopor. Igual quedan quinientos metros para la cumbre, que están poniendo la banderita y levantando el brazo, en la siguiente secuencia. ¡Incomprensible! No hay coherencia en su metraje, marcha despacio como los pasos de los alpinistas, o momento notas que han andado lo imposible en lo que tarda en montarse una nube en esa zona. A trompicones, concretamente, funciona este trabajo fallido de Kormákur.

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“Everest”, tristemente, no transmite ese cansancio, falta de oxigeno o liberación cerebral -y emocional- cuando hacen cumbre a 8.848 m. No hay feeling, no hay dolor, y mira que en el descenso sucede todo lo que sucede. Sólo hay una infinidad de personajes, tapados de ropa y nieve hasta la coronilla, de difícil reconocimiento, perdidos en el lugar más sagrado para un alpinista, podría apuntar, haciendo esperar a los compañeros del campo base, como a los que no estamos tragando esta ‘épica expedición’, a que comience un relato de verdad.

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