A Field in England (2013)

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Bajo los efectos de los alucinógenos nunca será real lo que se percibe. Nunca palparás con total nitidez lo que se cruza ante tus ojos. El estado mental después de ingerir ciertos tipos de sustancias hace que la mente trabaje a otro ritmo, que te haga confundir situaciones, comentarios… pero también te ayuda a no sentir la pesadez de tu cuerpo, que se ha ido flotando a otro lugar, dejando así tu alma libre de cargas y a total disposición de la imaginación. Entonces, es cuando puedes estar en varias habitaciones actuando a la vez, haciendo cosas que crees no haber hecho una vez que te miras en el presente y visualizas el pasado, o, simplemente, volar como las mariposas, sin hacer ruido ninguno y viendo la vida brotar entre grises y fuertes colores que inundan tu ser.

El último trabajo del inglés Ben Weathley hasta el momento es lo más arriesgado y experimental que ha hecho. Nada que ver con Kill List, Sightseers (Turistas) o Down Terrance. Con cuatro duros (rodada en 12 días y con 300.000 libras) y cinco personajes, se inventa una historia en blanco y negro que te llevará, porque está claro que debes de subirte al carro de la extraña narración y sujetarte bien fuerte a ella y esperar para ver donde te llevará -con una propuesta tan inquietante como ésta, como para no hacerlo-, o hasta que el espectador vea oportuno. Sin aparente sintonía entre sí, concordancia o  estructura argumental alguna, vemos pasar los minutos ante nuestros ojos, cada vez más débiles y expuestos a la sobredosis de un olor que rezuma en nuestros pies, y nuestro cuerpo, que con  el paso del metraje y las vivencias de nuestros protagonistas, se alejará más de una realidad que parece ser, dejó de existir tiempo atrás.

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A field en England se desarrolla en la Guerra Civil. Nuestro nuevos amigos, que nos conducirán hasta la tierra de la libertad fílmica, tropiezan con un alquimista quien les propone encontrar un tesoro oculto en un campo no “demasiado” lejos de donde se encuentran. El problema reside en que el tesoro puede no ser tal tesoro y las misteriosas energías que rodean la campiña comienzan a hacer mella en la moral y la cordura del grupo.

Con esta simple premisa, caminaremos y caminaremos durante largos minutos, pero ese tesoro no tesoro, echará a andar mucho antes de que nosotros nos demos cuenta y para entonces, Weathley nos habrá disparado infinidad de veces hasta hacernos caer expuestos a cualquier muerta digna del mejor final enfermizo y bizarro. Y es que no es hasta pasada la mitad de la cinta, si seguías subido al carro, cuando empezamos a darnos cuenta de que somos uno más de estos guerrilleros en busca también de una cerveza que nunca llegará, pero lo más grave, es que seremos participes también de terribles y trágicos sucesos perjudiciales para la mente.

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Weathley, en el tramo final, principalmente, hace un despliegue en plan animal de cualidades cinematográficas como cualquier maestro de este arte, seduciéndonos con un poderío visual y sonoro apabullante, e impregnándonos más aún, de la alucinante y malsana droga que baña todo su trabajo de principio a fin. Más entendible o no (eso cada uno se la masca como sepa o quiera), esta propuesta inclasificable es tan bella como arriesgada. Tan enigmática como sugerente. A Field en England no se anda con medias tintas y tienta a todo espectador a un viaje hasta ahora desconocido y terriblemente seductor.

Quedarse congelado unos segundos sin previo aviso, como si de un retrato se tratara. Morir, renacer, gritar, matar, buscar… Todo un batiburrillo que a mí personalmente, me ha agradado y seducido.

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Trailer

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