12 años de esclavitud (2013)

La inexplicable aceptación por la crítica especializada –y alguna de la no especializada- y, sobrevaloradísima 12 años de esclavitud marcha viento en popa y a toda aspas –o a latigazos- de vaporetto hacia los Globos de Oro y Oscars, dejando tras de sí una incomprensible estela de premios y más premios por todo festival por el que pasa. La nueva película de Steve McQueen (Hunger y Shame) probablemente se consagre como la absoluta vencedora de todo premio existente y por existir, pero, ¿realmente es tan bueno lo que se esconde bajo la adaptación de John Ridley sobre la biografía de Solomon Northup, escrita por el propio Solomon? Esta critica tan supuestamente entendida, sinceramente, no dejan de vender humo. Siempre pasa lo mismo cuando se trata sobre una película basada en hechos reales, ¡más!, cuando hay de por medio maltratos, supervivencia, etc. Un flaco favor se le está haciendo al director inglés de Shame, que, gracias también al increíble Michael Fassbender, como en aquella ocasión, va salvándole los platos trabajo tras trabajo. Porque, y desde mi más humilde opinión, aquí solo hay exposición gráfica y gesticular de unos tristes hechos ocurridos en 1850, exacerbándose en el trato duro de los dueños –cosa que no debería de existir-, nada más. La fuerza y garra soltada para dar de latigazos y chillidos –y no se piensen que van a presenciar nada nunca visto- es la que no tiene su historia, desarrollo de la misma y algunos de los personajes que nos vamos encontrando a lo largo de las dos horas y cuarto que dura el filme. Mal contada y mal llevada hasta su final y desde el principio. Con leves resquicios de querer levantarse, pero lo único que sucede, es que se hunde más en el fango de las tierras del Sur hasta no dejar rastro de su existencia.

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Como decía, 12 años de esclavitud está basada en un hecho real ocurrido en 1850. En ella se narra la historia de Solomon Northup, un culto músico negro -y hombre libre- que vivía con su familia en Saratoga, Nueva York. Tras compartir una copa con dos desconocidos, Solomon descubre que ha sido drogado y secuestrado para ser vendido como esclavo en el Sur en una plantación de Louisiana. Renunciando a abandonar la esperanza, Solomon contempla cómo todos a su alrededor sucumben a la violencia, al abuso emocional y a la desesperanza. Entonces decide correr riesgos increíbles y confiar en la gente menos aparente para intentar recuperar su libertad y reunirse con su familia.
Steve McQueen, arropado de un amplio y elegante reparto actoral: Paul Giamatti, Bradd Pitt, Miachel Fassbender, Paul Dano, Chiwetel Ejiofor, Benedict Cumberbatch, Lupita Nyong’o… Un maestro con la batuta: Hans Zimmer; un director de fotografía como Sean Bobbit y, la propia dirección de McQueen, es, el equipo más notable –por llamarlo así- y responsable de querer conseguir que esta novela llevada a la pantalla grande duela más de lo que verdaderamente lo hace. Porque eso es lo único que busca, causar dolor y marcar huella gracias a unos pasajes de nuestra amarga existencia en esta vida. Sí, Steve quiere sacarse toda espina posible tratando de mostrar al mundo lo que sucedió, para quien de verdad tenga que avergonzarse, lo haga por ello sufriendo cuanto más mejor. Pero no es así.

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No basta con el elenco actoral, puesto salvando a Ejiofor, Fassbender y Lupita, los demás pasan por allí casi de puntillas, aportando papeles vacíos, es más, hasta podría decirse que irrisorios, porque igual que aparecen -¡¿de dónde y por qué apareces?!-, desaparecen, intentando ser primer plato de una comida que ya se les ha pasado. Un Hans Zimmer que sigue en su línea: todo lo que toca lo convierte en oro. En este trabajo, convierte seductoras notas musicales en un envoltorio de magia y poder. La fotografía de Sean Bobbit, imprescindible y fascicnante, llenando la pantalla por momentos de bellísimas imágenes que hasta nuestras retinas sufren de la dulce y fantástica luz – y oscuridad- a la que seremos expuestos. Y, un McQueen con primerísimos planos de un violín afinándose, las recogidas de la caña de azúcar, el cara a cara en algunos momentos del metraje donde los protagonistas se gritan o hablan, el viaje en el vaporetto… dando muestras de una inteligente y disfrutable dirección.

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La película tiene un aprobado raspado, porque queda muy lejos de mayor nota. Ni pensar en obra maestra ni ningún otro adjetivo parecido que se le quiera adjudicar. 12 años de esclavitud te pone los pelos de punta cuando cantan la muerte de un esclavo –lo subtitulan y se puede apreciar el valor de la versión original-, o, simplemente, disfrutar un poco de sus actores/actrices, música, dirección y fotografía. Aquí no hay más verdad que la que vemos. Una adaptación que nos deja fríos como la resaca de Solomon tras su borrachera. Una película pretenciosa –dentro por el contenido, fuera por su publicidad- y con ganas de efectismo, que no logra si no que dejar al espectador impaciente de ser cogido por una historia con garra, fiereza y ser azotado desde el primer minuto para absorber con la sangre derramada por estos miles de esclavos, la empatía que se esperaba obtener. Ser quemado, maltratado y devuelto a la realidad por algo excitante y merecedor de ser alabado, pero no de un producto simplón, aprovechándose de la cruda realidad que arrastramos.

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